quarta-feira, 4 de fevereiro de 2015

WASHINGTON URANGA: O PAPA OFICIALIZA DOM ROMERO COMO MÁRTIR



Um enorme cartaz com a imagem de Romero no meio duma marcha da FMLN em San Salvador em março de 2007 (Foto: Télam/Página/12)
Francisco assinou ontem (terça-feira) em Roma um decreto aceitando oficialmente o martírio do bispo: apesar de ter sido assassinado por militares salvadorenhos enquanto pronunciava uma homilia na capela de um hospital, o processo de canonização esteve retido até agora por resistências de setores conservadores.

Oscar Romero no seu penúltimo sermão (foi morto quando pronunciava o último): “Em nome de Deus, pois, e em nome deste sofrido povo cujos lamentos sobem ao céu cada dia mais tumultuosos, lhes suplico, lhes rogo, lhes ordeno em nome de Deus: pare a repressão!”.

Por Washington Uranga, no jornal argentino Página/12, edição impressa de hoje, dia 4

Quando estão próximos de completar 35 anos do assassinato do bispo salvadorenho Oscar Arnulfo Romero (24 de março de 1980), o papa Francisco firmou ontem em Roma um decreto pelo qual aceitou oficialmente o martírio (“in odium fidei”, assassinado por ódio à fé) de quem é reconhecido hoje como um dos maiores lutadores católicos contemporâneos pela libertação. A pesar de ter sido assassinado por militares salvadorenhos enquanto pronunciava uma homilia na capela de um hospital para enfermos de câncer na capital salvadorenha – e só este fato teria servido para reconhecer seu martírio e posterior santificação -, o processo de canonização esteve travado até agora pelas resistências dos setores conservadores do Vaticano e da Igreja Católica na América Latina.

Nos finais da década de 1970, El Salvador se encontrava em plena guerra civil, com os militares do Exército e da Guarda Nacional enfrentando organizações populares, dentro das quais preponderava o grupo guerrilheiro Frente Farabundo Martí de Libertação Nacional (FMLN). Em 15 de outubro de 1979, um golpe encabeçado pelo autodenominado Movimento da Juventude Militar derrubou o presidente salvadorenho, general Carlos Humberto Romero (1977-1979), do conservador Partido de Conciliação Nacional (PCN) que governava há 17 anos.

Em meio duma situação de enorme violência política, Romero tentou mediar entre as forças em disputa, mas sem deixar de lado seu claro apoio às reivindicações populares. Em novembro de 1979, conhecidas as ameaças contra sua vida, o bispo anunciou publicamente que sua vida corria perigo e fez uma promessa a seus fiéis: “Asseguro a vocês que não abandonarei o meu povo e correrei todos os riscos que meu ministério me exige”. O reconhecimento do martírio feito agora por Francisco abre o caminho para a santificação do bispo centro-americano – não é necessário se provar milagres para declará-lo santo –, o que significa que a Igreja o propõe como exemplo e permite sua entronização nos altares.

Continua em espanhol (com traduções pontuais):

El Papa ya había adelantado su disposición a la canonización de Romero cuando dialogó con los periodistas (jornalistas) en agosto pasado, al regresar de su viaje a Corea. En esa ocasión, Francisco habló de Romero como un “hombre de Dios”. La decisión conocida ayer fue el resultado de un encuentro del Papa con el cardenal Angelo Amato, titular de la Congregación para la Causa de los Santos. En el mismo acto, Francisco reconoció también el martirio de tres sacerdotes asesinados en Perú en 1991 por el grupo Sendero Luminoso. Se trata del cura italiano Alessandro Dordi y de los polacos (poloneses) Zbigniew Strzalkowski y Michel Tomaszek. El criterio adoptado en estos casos por Francisco abre las posibilidades de que en el futuro cercano también se reconozca oficialmente la muerte martirial del obispo de La Rioja Enrique Angelelli, asesinado en nuestro país en 1976.

Al margen del reconocimiento oficial que ahora llega desde el Vaticano a través del decreto firmado por el Papa, desde su muerte Oscar Romero se convirtió en símbolo de los cristianos latinoamericanos comprometidos en las causas populares y en la perspectiva teológica de la liberación. Gregorio Rosa Chávez, arzobispo auxiliar de San Salvador (El Salvador) y quien ha sido el principal impulsor de la causa de canonización del obispo Oscar Romero, había pedido recientemente “que en él no se cumpla la ley del olvido”. Argumentando por la santidad de Romero, el arzobispo sostuvo que “en el siglo veinte hubo millones de mártires, pero el más conocido y el más amado es monseñor Romero. Mueren muchos líderes y se van olvidando. Con él pasa todo lo contrario. La misma ONU le rinde tributo declarando el 24 de marzo el Día Mundial del Derecho a la Verdad como reconocimiento a su trabajo pastoral. Donde quiera que vaya se refieren a él”, sostuvo Rosa Chávez.

El 17 de febrero de 1980, Oscar Romero escribió una carta al presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, pidiendo que cancelara toda ayuda militar a El Salvador. Para entonces, el pequeño país centroamericano era la principal base de operaciones estadounidense contra la revolución sandinista triunfante en la vecina Nicaragua en julio de 1979.

El 23 de marzo de 1980, el día anterior a que se produjera su asesinato, el arzobispo Romero había pronunciado una elocuente homilía en la catedral de San Salvador. Dada la censura noticiosa existente, el obispo solía utilizar su homilía dominical no sólo para reflexionar sobre los textos bíblicos sino para dar información sobre la situación política, económica y social de un país que se encontraba en guerra civil y gobernado por la ultraderecha militar. Bajo (Sob) el subtítulo “Hechos nacionales”, ese día Romero habló de “una semana tremendamente trágica”, informó que los militares asesinaron en La Laguna a un matrimonio campesino, a sus hijos de 13 y 7 años y a 11 campesinos más. Que en Arcatao en esos mismos días fueron asesinados dos (2) campesinos y un niño, en Calera de Jutiapa otro, y que lo mismo ocurrió con 15 campesinos en Hacienda Colima, y 16 en Suchitoto. En todos los casos la denuncia estaba acompañada de nombres de los muertos y circunstancias en los que ocurrieron los asesinatos.

En esa oportunidad, Romero leyó también en el púlpito un informe de Amnistía Internacional indicando que “a pesar de que el gobierno lo negó” el organismo “ratificó hoy que en El Salvador se violan los derechos humanos a extremos que no se han dado en otros países”. Y agregó que “el vocero de Amnistía dijo que los cadáveres de las víctimas aparecen con los dedos pulgares amarrados a la espalda (às costas)” y que “también aplicaron a los cadáveres líquidos corrosivos para evitar la identificación de las víctimas por parte de los familiares y para obstaculizar las denuncias de tipo internacional”.

Las homilías de Romero se extendían durante horas cada domingo, ocasión en la que el arzobispo pasaba revista a la realidad nacional e internacional y hacía llamamientos a la paz. La asistencia crecía cada semana y superaba largamente la habitual feligresía católica. Después de registrar los datos del asesinato de más de 200 personas en una semana, el domingo 23 de marzo Romero denunció que la intención del gobierno “es decapitar la organización del pueblo y estorbar el proceso que el pueblo quiere”. Pero advirtió que “sin las raíces en el pueblo ningún gobierno puede tener eficacia, mucho menos cuando quiere implantarnos a fuerza de sangre y dolor”.

Y dirigiéndose a los militares pronunció las frases que, según muchos, fueron el detonante de su asesinato. “Yo quiero hacer un llamamiento especial a los hombres del ejército, en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles”, comenzó diciendo. “Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: no matar... Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios... Una ley inmoral, nadie (ninguém) tiene que cumplirla... Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y de que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado”. Y alzando la voz, casi a los gritos, reclamó: “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”.

Al día siguiente Oscar Romero fue asesinado de un certero balazo en el corazón mientras pronunciaba su último sermón. La muerte nunca fue aclarada por la Justicia, pero todos las pruebas apuntan a que fue ejecutada por un escuadrón paramilitar a las órdenes del mayor Roberto D’Aubuisson, quien posteriormente fuera uno de los fundadores del ultraderechista partido Alianza Republicana Nacionalista (Arena).

Tradução (parcial): Jadson Oliveira

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